23 de Noviembre del 2017

Por Roger Schank
Qué significa “ser una persona culta” en el siglo 21?
Asombra ver que la noción de lo que significa tener una buena educación se da por supuesta
Publicado originalmente en Edge y en KurzweilAI.net el 21 de enero del 2002.

Mientras la educación está en el programa de todo político como un elemento de gran importancia, asombra ver que la noción de lo que significa tener una buena educación se da por supuesta. Nuestra sociedad, que experimenta cambios profundos casi cada media generación (5 años) parece no querer contemplar una transformación similar sobre la noción de lo que significa tener una buena educación.

Todos parecemos coincidir en que una buena educación implica ciertamente un conocimiento de la literatura y la poesía, una apreciación de la historia y de las ciencias sociales, una capacidad para entender asuntos de economía, habilidad en más de un idioma, y comprensión de los principios científicos y matemáticos.

Esta última frase detalla el plan de estudios elaborado en 1892 por un comité presidido por el Presidente de la Universidad de Harvard y que devino obligatorio para cualquiera que quisiera entrar en una universidad americana. El plan de estudios que este comité decidió no ha cambiado un ápice desde entonces. Las ideas implícitas sobre lo que constituye una buena educación son idénticas a las que había en el siglo XIX. Estas ideas, aun vigentes, no contemplan la posibilidad de enseñar algo nuevo ni tienen en cuenta que, muy posiblemente, un mundo en el que la educación universitaria se ofrecía solo a una elite de privilegiados es muy diferente de un mundo en el cuál una licenciatura universitaria es de lo más común y una necesidad para acceder al mercado laboral.

A principio de la década de los 90, formé parte de la Junta de Redactores de la Enciclopedia Británica. La mayoría de los integrantes de la junta eran octogenarios -- el más destacado de ellos, ya que parecía tener el respeto de todos, era Clifton Fadiman, un icono literario de los años 40. Cuándo traté de explicara la junta que los cambios tecnológicos que entonces se avecinaban podrían amenazar la existencia misma de la Enciclopedia, aun tenían la creencia generalizada de que realmente la tecnología no importaría mucho. Siempre habría necesidad de la enciclopedia y el trabajo de la junta siempre sería el de determinar qué conocimientos era más importante incluir. Sólo Clifton Fadiman pareció darse cuenta deque mis predicciones acerca de Internet quizás podrían tener algún efecto en la institución que ellos protegieron. Él concluyó diciendo tristemente: “Nos vemos resignados a aceptar el hecho de que pronto mentes menos preparados que las nuestras estarán al mando”.

Nótese que él no dijo “preparadas de una forma distinta”, sino “menos preparadas”. Durante muchos años, los humanistas han tenido el poder decisivo sobre la definición comúnmente aceptada de la educación. Por importante que la ciencia y la tecnología sean para la industria, el gobierno o incluso para las personas de la calle, como sociedad tendemos a creer que las personas educadas en la literatura y la historia y otras humanidades están de alguna manera mejor informadas, son más instruidas, y de algún modo, son más merecedores de la etiqueta de “personas cultas y bien educadas”.

Ahora bien, si esto fuera un asunto limitado a los individuos que recorren las universidades de élite o los que profesan el New York Review of Books como su Biblia, realmente no importaría demasiado. Pero esta noción sobre la cultura venida del siglo XIX pesa mucho en las ideas compartidas sobre cómo deberíamos educar a nuestros jóvenes. No educamos a nuestros jóvenes para trabajar ni vivir en el siglo XIX, o al menos no deberíamos.

Sin embargo, cuándo las universidades licencian millares de titulados en inglés y en historia sólo puede deberse al hecho de que creemos que estas disciplinas forman la base de una persona culta y preparada para vivir en nuestra época. Cuándo decidimos enseñar trigonometría en secundaria en vez de, por ejemplo, habilidades básicas de medicina o negocios, debe ser porque pensamos que la trigonometría es de algún modo más importante para una buena educación, o bien porque la educación realmente no se trata de una preparación para el mundo real. Cuando en la enseñanza secundaria damos importancia a temas intelectuales y eruditos en vez de materias más humanas como la comunicación, la psicología básica o la educación de los niños, seguimos profesando ideas sobre la buena educación que provienen de nociones elitistas sobre quien debería recibir una educación.

Postulamos que una mente preparada puede razonar, pero curiosamente no hay cursos en nuestras escuelas que enseñen a razonar. Si decimos que una mente preparada es capaz de ver más de una perspectiva en un argumento, negamos la mayor a un sistema educativo que mantiene que hay respuestas buenas en si mismas que deben ser aprendidas como actos de fe, y que un examen puede mostrar quien las sabe y quien no.

Es evidente que las telecomunicaciones son más importantes que una introducción a la química, y el HTML es más significativo que el francés en el mundo actual. Son decisiones que deberían tomarse, pero nunca se tomarán mientras nuestro concepto fundamental de la erudición no cambie o nos demos cuenta de que los colegios de hoy deberían educar a los estudiantes que realmente están hoy allí, en vez de a aquellos que estaban en el año 1892.

La percepción que tenemos sobre lo que implica ser culto en el siglo XXI sigue anclada en nociones anticuadas sobre erudición y escolaridad que nada tienen que ver con este siglo. El plan de estudios del sistema educativo actual no tiene presente los objetivos que persiguen realmente los alumnos. Debemos pensar de nuevo lo que significa una “buena educación” y redefinir las bases mismas de nuestras ideas sobre la educación. Quizás así empezaríamos a resolver de forma definitiva el fracaso escolar que asola los sistemas educativos de todos los países.

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