18 de Diciembre del 2017

Por Roger Schank
Educación y valores
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Este último mes de agosto, en un magazín de La Vanguardia, publicaron una viñeta de Jordi Labanda. El dibujo mostraba un niño hablando con su padre y el texto decía más o menos lo siguiente: ¡Padre! ¿Qué prefieres; que me quede a estudiar para aprobar los exámenes de septiembre, unas materias predigeridas que memorizaré durante unas horas y olvidaré tan pronto como salga del examen, o que vaya a jugar con mis amigos y que tenga unas experiencias vitales que me acompañen el resto de mi vida?

Es significativo como un texto tan simple plantea un problema tan serio como el de la validez de nuestro sistema educativo. Según mi parecer, el niño de la viñeta tiene toda la razón y plantea a su padre una pregunta muy válida. ¿Se han preguntado cuál sería su respuesta? No es una respuesta fácil. Por una parte, si no estudia y aprueba el examen, no podrá acceder a la universidad y perderá la oportunidad de obtener un título, coso que, hemos acordado, es necesaria para obtener un buen empleo en el mercado laboral (o no). Por otra parte, la amistad, la confianza en los otros, la vida social y en grupo, el uso de la libertad responsable, la aventura, la creatividad y otros tantos valores no se aprenden en los libros, se desarrollan fuera de la escuela, en el patio o en las actividades extra escolares.

Si nos planteamos seriamente en que consiste la educación, veríamos que muchos de los mitos que asumimos como verdades inamovibles no aguantan la más mínima reflexión en profundidad. Si nos hiciésemos preguntas del tipo por qué un niño de diez años debe estudiar cinco horas semanales de matemáticas o por qué trabajar la civilización egipcia en quinto de primaria, nadie podría proporcionarnos una respuesta medianamente convincente ni medianamente científica. Es así porque una ley lo dice, una ley que trata de regular la educación de nuestros hijos, sin conocerlos y bajo el supuesto de que todos los niños son iguales y tienen las mismas aficiones y deseos. Cosa que los padres sabemos positivamente que no es cierto. Nuestro sistema educativo se fundamente en un modelo industrial que persigue un producto- niños educados- estandarizado. Un sistema educativo que pretende “formar” niños i niñas, es decir, darles una forma igual, socialmente aceptable, sin tener en cuenta las diferencias que hay entre las personas, dejando que estas diferencias las descubra cada uno, como pueda, en el transcurso de su vida, estableciendo así un gran reto para la realización y felicidad individual de cada uno. Este tema da para escribir varias decenas de páginas, espacio del que no disponemos en esta revista del colegio. Por tanto, enfoquemos esta reflexión desde el exclusivo punto de vista de los valores, en contraposición a los contenidos académicos. Cuando hablamos de valores, nos referimos a ideas profundamente enraizadas, muchas veces inconscientes, que nos hacen preferir unos comportamientos frente a otros alternativos. Los valores son, entonces, pautas de comportamiento que dirigen nuestra vida. Si estamos de acuerdo con esta definición, más vale que nos lo tomemos seriamente.

Con el fin de simplificar un tema tan complejo, propongo tres grandes categorías de valores que son necesarios para una vida plena:



Podemos hablar de valores prácticos (praxis, actuar, obrar) como los valores sobre los que se fundamenta un trabajo bien hecho, la responsabilidad que tiene cada individuo de aportar a la sociedad a la que pertenece. Son los valores de nuestra sociedad científica y tecnológica, que nos exige ser eficientes, racionales, puntuales y responsables de nuestros actos.

Podemos hablar de los valores etícos (ethos, carácter, morada) como los valores que permiten que las relaciones entre las personas sean positivas y equilibradas- Son los valores que harían nuestra sociedad más justa y solidaria.

Podemos hablar de valores poiéticos (poiesis, acto de cración) como los valores que permiten y fundamentan el desarrollo total de la persona humana hasta alcanzar todo el potencial del que cada individuo es capaz. Son los valores de la realización personal y la felicidad.

Potenciar una categoría de valores sobre el resto, supone un importante desequilibrio, tanto individual como social. Una potenciación excesiva de los valores pragmáticos sobre el resto, nos lleva a una sociedad muy eficiente pero insolidaria y triste. Por contra, un exceso de valores poieticos nos lleva a una situación temporal de alegría y creatividad pero insostenible a medio plazo por falta de recursos materiales para subsistir.

Educar en valores supone que los niños y niñas, sujetos de la educación, vivan experiencias en las que estos valores están en juego y entran en conflicto, que puedan pensar sobre las posibles consecuencias de sus actos, anticipar los resultados y reflexionar, solos o en compañía de adultos, sobre los efectos reales una vez ejecutada una decisión. Educar en valores es una tarea práctica, nada teórica. Los valores no se enseñan, simplemente se practican. “Por sus obras los conoceréis”, no vale lo que pienso o digo, vale lo que hago y sus consecuencias para mi y para los otros. Podemos indoctrinar cierto tipo de valores a través de la represión, la intimidación, el miedo y el castigo. Pero no podemos desarrollar valores superiores como la libertad, la creatividad o la solidaridad sin la vivencia directa, la confusión, el error, la reflexión y el impacto emocional.

La práctica continuada de valores humanistas nos lleva, como seres humanos, a la plena realización de nuestros actos y a alcanzar una madurez como personas que se concretaría en: a) una plena conciencia de nosotros mismos, quién somos y por qué hacemos las cosas que hacemos, b) una capacidad de aceptar y saber tratar nuestras emociones, como señales que son de nuestro estado interior y exterior, c) una visión clara de las cosas y las circunstancias, un mirar sin prejuicios, aceptando las cosas como son y no como nos gustaría que fueran y d) una actitud positiva respecto la vida, captando de forma rápida e intuitiva lo que nos pide la vida en cada momento y poner lo mejor de nosotros en su realización. De todo ello se derivaría un actuar
inteligente, natural, fluido y fluyente y con menor sufrimiento. No parece que memorizando las ciencias y la historia o resolviendo problemas matemáticos nos acerquemos mucho a este objetivo.

En la vida, las personas crecemos y nos desarrollamos en un equilibrio precario entre el sufrimiento y el discernimiento. El sueño de la ilustración era conseguir que todas las personas poseyesen un grado suficiente de discernimiento para evitar el sufrimiento de la existencia. ¿Estamos cada vez más cerca o más lejos de ese sueño? ¿Qué podemos hacer, como padres, para que nuestros hijos se acerquen al ideal de la ilustración? ¿qué podemos hacer como escuela? ¿Qué demandas hemos de elevar a los legisladores para que resuelvan los problemas detectados? Son preguntas que creo que merecen una buena reflexión.

“Hay dos tipos de educación, la que nos enseña a ganarnos la vida y la que nos enseña a vivirla”,

- John Adams (2º Presidente de los Estados Unidos de América).